Historia de Nuestra Iglesia
El primer paso: un encuentro con la Palabra (1983) La historia de nuestra congregación comenzó a escribirse en el año 1983. Por aquel entonces yo tenía 18 años y acababa de experimentar un encuentro personal con el Señor a través de la lectura de los Evangelios. Lleno de convicción, le compartí la noticia a un amigo del barrio: «He encontrado a Dios».
Sorprendido, y pensando que yo no estaba en mis cabales, me respondió que era muy temprano para estar bebiendo. Le aclaré que estaba completamente sobrio y que había encontrado a Dios leyendo la Biblia. Al ver mi seriedad, su escepticismo se transformó en emoción. Él confesó que también la estaba leyendo, por lo que decidimos reunirnos en la casa de mis padres para estudiar juntos la Palabra.
Poco después, mi primo Raúl —un joven muy tranquilo que en algún momento deseó ser sacerdote— se enteró de nuestras reuniones y nos pidió unirse. Así, de manera sencilla y compartiendo nuestro testimonio, nació nuestra iglesia. En pocas semanas el grupo creció. Aunque todos éramos muy jóvenes y no contábamos con un pastor o guía formal, nos reuníamos con profundo amor y devoción por aprender.
Una transformación espiritual genuina Aproximadamente medio año después, mi hermano mayor viajó a Lima. Al ver el notable cambio que Dios había obrado en mi vida, quedó gratamente sorprendido. Él asistía a una congregación en la ciudad de Talara y me pidió que lo acompañara a entregar una invitación a un pastor en Lima.
Visitamos la iglesia de este pastor; era una comunidad pentecostal, pequeña y humilde, pero en la que se sentía genuinamente el poder de Dios. Al finalizar el culto, el pastor conversó conmigo y se ofreció a orar por mí. Durante esa oración, viví una experiencia sobrenatural que marcó mi vida. Escuché una voz interior, muy clara y real, que me pedía desprenderme de una cajetilla de cigarrillos que llevaba en el bolsillo de mi casaca para poder ser «totalmente libre». En ese entonces, yo no era consciente de que fumar fuera perjudicial, y experimenté una intensa lucha interior. Finalmente, decidí que quería esa libertad: saqué los cigarrillos y los arrojé al suelo.
En ese instante, una presencia sublime y refrescante llenó todo mi ser. Jamás podré olvidarlo. Al caminar de regreso a casa, sentía una paz tan profunda que parecía caminar sobre las nubes, y hasta las estrellas me parecían más brillantes.
De un hogar a nuestra propia iglesia A partir de esa experiencia, comencé a asistir a aquella iglesia pentecostal, al mismo tiempo que continuaba liderando nuestro creciente grupo de estudio bíblico en casa. Con el tiempo, el aumento de asistentes empezó a generar incomodidad en mi padre, ya que el espacio quedaba pequeño para la familia.
Al notar esta situación, providencialmente, el padre de uno de los jóvenes del grupo nos donó una porción de terreno junto a su casa para que pudiéramos construir una iglesia formal. Con nuestro propio espacio asegurado, invité al pastor de la iglesia que yo visitaba para que nos compartiera la Palabra y nos guiara. Fue así como nuestro grupo de jóvenes se consolidó y se relacionó formalmente con el movimiento pentecostal, iniciando una hermosa etapa de crecimiento que se extendió por aproximadamente ocho años.
(Continuará…)
